Opinión

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 LA RESTARUACIÓN DE LA MEMORIA. EL ROL DEL HISTORIADOR EN TIEMPOS DEL NEOLIBERALISMO


 Como ciudadanos podemos unirnos a movimientos que trabajen por el cambio social. Como escritores podemos inspirar a nuestros lectores para que ayuden a cambiar el mundo. Como historiadores podemos hacerlo”

Eric Hobsbawm (historiador)

En estas últimas semanas pudimos observar a nivel internacional, nacional y local un proceso al que yo denomino la “restauración de la desmemoria” en línea con la restauración del modelo neoliberal a nivel continental.  La polémica desatada por los pañuelos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo ha dejado al descubierto de manera cruel pero contundente la existencia de un pensamiento conservador de un sector amplio de nuestra sociedad como así también lamentablemente el todavía aun efectivo mecanismo de apropiación de la memoria por parte de los grupos de la elite salteña dominante.

Este hecho no es el único sino que obedece a una política de vaciamiento de la historia implementada por el gobierno de turno que busca borrar de raíz y en complicidad con los medios de comunicación lo que tanto costó recuperar, así por ejemplo podemos citar la eliminación de nuestros próceres de los billetes, la disolución de la Dirección Nacional de arquitectura que dejaría sin presupuesto para el mantenimiento y restauración de los Monumentos y patrimonios nacionales entre los cuales se cuenta la Finca El Carmen Puch de Güemes, el intento de restaurar el nombre de la Av. Bicentenario por el de Virrey Toledo. Todo ello acompañado por intelectuales quienes justifican desde una postura posmoderna el pensamiento duranbarbista una de las bases ideológicas del gobierno de Mauricio Macri.  Así lo expresará el filósofo contratado por el Pro, Alejandro Rozitchner: “(…) la idea era sacar del centro de la escena al personaje de la historia que para los argentinos está sobredimensionado; siempre estamos usando referencias al pasado para tratar de entender las situaciones del presente". "No nos parece que sea una buena actitud, el pasado está lleno de gente muerta". De esta forma cuestiona su rol como ciencia además de cometer un error muy común para quienes no la estudiaron en su profundidad: La historia es la ciencia del pasado cuando en verdad es la “ciencia de los hombres en el tiempo”. El concepto de pasado que emplea también es equívoco, ya que si bien es un dato modificable no todo lo que está en el configura un hecho histórico, sino que va a depender de la lente con que el investigador lo indague. En definitiva, tiene una concepción válida para el siglo XIX por lo tanto caduca.

A pesar de ello su planteamiento me hizo volver la eterna pregunta acerca de la legitimidad del oficio del historiador, es decir, a preguntarme ¿Para qué sirve la historia en tiempo posmodernos?  La pregunta es válida ante el avance de vaciamiento del conocimiento histórico.

Qué es la historia y para qué sirve son preguntas epistemológicas que siempre está presente en cada cambio de época y por ello su significado va variando.
Sin embargo me pregunto si en verdad en estos últimos años como praxis social ha servido para cambiar al mundo porque nuevamente, teniendo cuenta el contexto nacional, regional y internacional actual nos encontramos repitiendo errores y horrores o peor aún, un gran sector de la sociedad nostálgica de las tragedias del pasado.
¿Qué significa esto? Que el conocimiento histórico ha quedado encerrado en el campo académico, que es un saber exclusivo del homos academicus y en verdad no a generado en nuestras sociedades conciencia social e histórica. 
¿Será que la enseñanza en el nivel medio sigue estancada y con resabios del historicismo del siglo XIX fomentando así una falsa memoria histórica? 
Si en verdad la historia sirve para transformar el mundo entonces hemos fallado. Solo acumulamos conocimiento, pero no nos hizo mejores seres humanos. En necesario repensar el oficio del historiador y también si forma de enseñanza. La desmemoria sigue triunfando y sería bueno empezar a dar cuenta de cómo una sociedad se organiza para avanzar hacia su felicidad porque ha aprendido que el holocausto, las guerras, las desapariciones o el sometimiento ya no son el camino. Es un objetivo que nos queda pendiente para que el ser humano comprenda de una vez que en el mismo está la capacidad de su destrucción, pero también de su crecimiento y redención.
Un debate epistemológico que se queda en una mera teorización, en puras abstracciones conceptuales y que no contempla realidad compleja concreta ni el aspecto humano de las personas no sirve de nada. Una ciencia que no contempla los valores humanos ni su dignidad, que no es capaz de forjar buenas personas y no está al servicio se la justicia social se convierte en un instrumento de dominación perverso capaz de justificar las peores atrocidades. Repensar el rol de las ciencias sociales es imperativo en los tiempos que corren para transformar de forma positiva a la sociedad en la que nos encontramos insertos.

Afirmar esto deja entrever que el historiador tiene en cierta forma un compromiso político y esa solo vinculación puede significar que la subjetividad militante le reste criterio científico a su trabajo. Chiaramonte para realizar una correcta vigilancia epistemológica decidió deshacerse de sus conceptos teóricos políticos. Sin embargo, Álvaro Linera citando a Pierre Bourdieu sostendrá que el compromiso político de un científico social reviste en cuestionar el “sentido común”, ese habitus que todos tenemos incorporado, naturalizado y que responden en verdad a estructuras de dominación simbólica para justificar la dominación material. La neutralidad pretendida durante mucho tiempo por la concepción heredada de la ciencia lo que busca en verdad es conocimiento enciclopédico, una colección de datos que no modifican nada la realidad vivida y dicha actitud objetiva o “tibia” sirve para justificar el statuo quo”. Tampoco sirve la subjetividad extrema del militante político que intenta explicar el mundo mediante una concepción dogmática de su doctrina sin comprender que deben estar sujetas a los cambios sociales y al espacio en el que se aplican. No permiten la creatividad y la innovación y se convierten en meros repetidores de teorías que quizás no puedan brindar soluciones adecuadas a su entorno social. Ser capaces de cuestionar lo dado, de analizarlo criteriosamente para desnudar aquello que nos sometes es la síntesis perfecta entre lo político y lo científico. Es poder dar cuenta con hechos, con pruebas lo que el sistema económico hace con nosotros desde lo material, mental y psicológico. El saber enciclopédico ya sea político o académico no es beneficioso en la medida que no permita liberar a la humanidad de la enajenación de un sistema capitalista asimétrico que nos ha colonizado en todas las dimensionas hasta naturalizar sus valores, pensar y querer ser como ellos.

Nacemos determinados por el habitus, por un modo de ser que nos coloca en determinados lugares dentro de la sociedad que nos habilita para algunas cosas y nos condiciona en otras. Sin embargo, ha quedado demostrado que el esencialismo no lo explica todo y que el ser humano tiene “libre albedrío”, puede ser un actor social y político capaz de transformar su realidad, tiene su bastón de mariscal en la mochila. En este siglo XXI el conocimiento para el hombre no debe ser en base a una razón instrumental y debe dejar de ser una herramienta de dominación para ser una herramienta de liberación para la humanidad de la opresión que la asfixia.

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